
La encumbrada musa observa su contuso disfraz. Trapo hecho añicos por las dudas y el pasado secreto en desollado regreso…
Es la pécora del tintero, amañada por fríos revuelos. Es la musa efímera y eterna, posada en su lonja de metal. Es la hija del lamento de mirada párvula y modales finos. Aquella niña del firmamento, con voz silbante y caminar galopante…
Es la que planta cabello en su regazo e inhibe pasiones y arrebatos; su apego no caduca sin desvelo, afligida se observa sin conduelo…
Es una esclava… o una diosa…
Es seria… o es jocosa…
Es conocida... o una intrusa…
Es sólo mía…
Sólo mi musa.






















