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Eterna Penitencia…


A veces me despido invitándote al recuerdo y tu presencia se extravía en mi recelo. Tus alegrías son flagelos como penas un consuelo. Te añoro y te odio. Te invoco o destierro…

Tus labios se confunden en retratos ajenos. Tu presencia ya no irradia los resquicios de mi pena. Te rezo en falsa inspiración que mella. O disipo sonrisas reclamando tregua

¿Tregua?

Quizás…

Quizá es la razón de tu existencia

O acaso…

Sólo mi eterna penitencia.
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Intentare Convencerte…


Aunque digas que no estás incomoda y afligida, o que tu sonrisa no esta partida, ese silencio me murmura. Sé que no nos conocemos mucho pero creo intuir la amargura. Tú, preocupada porque nadie se entere de nuestra salida furtiva, y yo inquieto por ti, aunque tu angustia me parezca excesiva y tus respuestas pragmáticas e inexpresivas.

Confieso que nuestro apresurado beso y febril comportamiento puede llevar a pensar que todo fue de momento; pero tu frase “todos los hombres son así” es un claro prejuicio que condena a cualquier elemento.

Lo que sucedió aquella noche fue porque me atraes, y prefiero “arrepentirme” por acción más que por inacción, algo que tú no sabes y siempre fue mi error.

No pienso discutir más el tema si no es personalmente… Aunque dudo que te provoque, intentare convencerte.
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Escuchar y Sonreír…


Hace mucho dejo de idealizar. Quizá porque es cegarse ante la realidad. Acaso cuidándose de no enamorarse. O cansado de crearse imágenes de atiborradas virtudes…

Ahora se le presenta una oportunidad y rehúye. ¿Por qué será? ¿Dónde se excluyen las miradas que impidió asomar? ¿Dónde nacen y deshacen sus manos? O al conocerla ¿qué es imaginario y real?

Tal vez cegarse es inevitable e idealizar algo invariable. Acaso es parte de su naturaleza y al evadirlo pierde su esencia…

Lo único que alcanzaría a decir

Es que quizá también te idealizó a TI

Porque supiste escuchar y sonreír.
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